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En este espacio se hace la presentación general de esta sección.

El sistema del silencio

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El escritor Enrique Serna descifra en una de sus más notables novelas la corrupción de la prensa y su articulación con el sistema político mexicano del siglo XX.

La historia está narrada a través de la vida de un personaje que realmente existió. Los nombres de los personajes e instituciones son reales. Hay algunos ambientes y situaciones que realmente ocurrieron, como la inauguración en Teotihuacán del espectáculo Luz y sonido. Pero también hay ficción en la materialización de los hechos, los diálogos, los gestos, las acciones.


Serna incursiona de alguna manera en la investigación sobre la historia del periodismo y el sistema político creado por los revolucionarios de 1910-1917.

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La novela no es solo un relato bien contado sobre la vida de un periodista, es un retrato del gremio y del ambiente político que se hizo con los gobiernos posrevolucionarios, desde Cárdenas hasta Díaz Ordaz. A pesar de ser ficción, la novela crea un imaginario que si bien concuerda con la realidad, puede ser también un referente historiográfico, sin mucha validez documental, por algunos datos relevantes, la atmósfera general de la época de auge de los gobiernos revolucionarios y, claramente, mucho chisme cachetón,

porque al final de cuentas, como el mismo Serna aclara en el epílogo de la obra, se trata de una ficción política.

Denegri es presentado como un mujeriego y bebedor, el hijo de un ex funcionario del gobierno mexicano que reside en importantes ciudades del mundo y que circula en las altas esferas de la capital mexicana, lo que reditúa en la formación del periodista y la facilidad con la que se hará de prestigio y poder en el sistema del silencio, que no solo fue realidad en la prensa, sino en todo el sistema político, a conveniencia de los intereses económicos dominantes.

 

Irrumpió en el periodismo después de un conflicto con su padre, en realidad su padrastro, que descubre su propensión por hacer negocios de cuello blanco. Picó piedra como reportero de guardia y aunque aceptó su posición de peón en el ajedrez del periodismo y la política, supo aprender de los viejos e influir en los jóvenes. Desde luego, siempre tuvo altura de miras para lucrar, según el perfil que dibuja Serna. El vendedor de silencios, como reza el título, fue su negocio

periodístico. La leyenda dice (y la novela lo retoma) que ganaba más por lo que no publicaba, que por lo aparecido en la portada de Excélsior.

 

Periodistas, políticos y personalidades diversas desfilan en el relato y en la vida misma de Denegri. Julio Scherer, su presunta antítesis moral. Jorge Piñó Sandoval, su némesis, la virtud puesta al servicio del periodismo de causas sociales. Jacobo Zabludovsky, su sucesor en el incipiente periodismo televisivo. Lo que vimos después en la realidad, pero no es parte del espacio temporal de la novela, es que en el sistema político “Jacobo” jugó el papel de vocero del gobierno y de la élite económica -aunque el ex presidente Andrés Manuel López Obrador lo haya canonizado en su discurso político-, mientras que “Scherer” sirvió de presunta válvula de escape hasta que el presidente José López Portillo le recordó, desde el Congreso de la Unión, durante su primer informe de gobierno, que era parte del sistema y si buscaba la permanencia de su revista Proceso, debía sujetarse a una máxima: “No pago para que me peguen”. La administración federal suspendió un tiempo su publicidad, pero de inmediato salieron al quite los gobiernos de los estados de la República y otras entidades públicas que reafirmaron lo que Serna pone en palabras del corrupto de Denegri: “Aquí el gobierno es el principal cliente de los diarios, no los lectores”.

 

El talento de Serna en la narrativa es innegable, como lo demostró en aquella magnífica novela titulada El seductor de la patria, acerca de la vida de Antonio López de Santa Anna, el once veces presidente. Lo avala también la reimpresión persistente de El vendedor de silencios. Pero hay que apuntar que en ciertos puntos del relato usa términos fuera de contexto histórico como “wannabe” y “persona tóxica”, que son propios del siglo XXI, nada que ver con Denegri y su época.

 

Habría que decir también que la interpretación que hace de la vida de Denegri como un retrato en blanco y negro del periodista y del gremio es una generalización que le hace un flaco favor a todos aquellos que a base de trabajo diario abrieron las columnas de la prensa a nuevas versiones de la realidad, desde sus muy humildes trincheras, seleccionando temáticas y fuentes que estaban marginadas en la televisión y hasta cierto momento en los años noventa, en la radio. Sin esos periodistas, la transición a un régimen político pluralista habría sido más lenta. (GGE)

9 abril

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