Autores
El crimen perfecto
Primero la muerte del cuerpo antes que la tortura del ego
Fragmento de Cuentos de mi noche
Manuel Rivera Saldaña
¿Dónde cohabitan la diversión y la muerte? ¿El gozo puede matar? ¿Es posible cometer el crimen perfecto e involuntario ante la vista de muchos? Posiblemente tengo respuestas para todas esas interrogantes, aunque no a las que pretenden indagar quién soy o fui. Si alguien pudiera verme y quisiera representarme en una pintura, simbolizaría a la tristeza abrazada de la necedad. Causar dolor provoca congoja, insistir en salvar a quien desea ahogarse, ahoga. Quizá ya no tengo ni siquiera el carácter de recuerdo, debido al afán del viento para separar y enviar cada vez más lejos mis cenizas. ¿Me encuentro en cada una de las partículas calcinadas de lo que fue mi cuerpo? ¿O dispersarme en miles de ellas fue parte de un conjuro para transformarme desde el mayor número posible de puntos de vista en abstracto relator de lo terreno? Poco o nada debería importar eso, si cuando me suponía crítico de la que creía era la única existencia, sabía ya que no era nadie. Y si desde que estaba vivo –o creía estarlo– ignoraba quién era, en el estado atemporal en el que estoy tengo la certeza de que lo desconoceré siempre.
Sólo una cosa sé bien: muchas veces los vivos hacen el mayor mal buscando el mayor bien. Así sucederá en esta fuente de fantasías para muchos y de trabajo para pocos. Mi conciencia tantas veces negada, flotando en algún lugar del que eternamente desconoceré su ubicación, quiere contar esta historia tan contradictoria como fue el viaje con su cuerpo. No, ni soy fantasma ni habito en el teatro de este relato. La definición más cercana a mi no ser, es la de una fantasía que vomita recuerdos y se convierte en efímera realidad cada vez quien se supone vivo pasa sus ojos por las letras que dicto al aire.
Recuerdo esta historia como uno de los muchos ejemplos de lo absurda que es la vida, aunque, por supuesto, nunca tan disparatada como la búsqueda de las razones de los sucesos que se imprimen en la conciencia. Calificar como “grotesco” el hecho al que me referiré sería benévolo, aunque limitado, ya que en su desarrollo imperó la malévola realidad en la que retozan los seres humanos, a veces, sin darse cuenta.
La experiencia para contar comenzó con el significativo presagio de un par de ratas comiendo las cáscaras de las pepitas dejadas en la última función debajo de una butaca de madera con respaldo vencido. Su festín fue interrumpido por la entrada de los primeros asistentes al espectáculo de las siete de la tarde, hora muy cómoda para el desahogo de la lujuria de muchos padres de familia, quienes podían llegar temprano a casa para supervisar el comportamiento de sus hijos. Ingresó no más de una centena de personas, casi todos hombres de edades que iban desde los 16 a los 75 años. El letrero colocado arriba de la puerta principal, advirtiendo que el acceso sólo era permitido a mayores de edad y que podía exigirse comprobante de esa mayoría con la cartilla del servicio militar, sólo era parte de la escenografía de este vetusto teatro de bailarinas nudistas y cómicos sin gracia.
Resguardadas de nuevo en la obscura oquedad de un muro, las ratas escucharon caer más cáscaras de pepitas y esperaron pacientes el fin de la función en este teatro, más parecido a una carpa con techo de lámina que a un cómodo foro para el desfile de necesidades humanas, arriba y abajo del escenario. Sin quererlo, igual que cuando vivía, me disuelvo en el pasado para hacerlo eterno presente. Para el público soy invisible, igual que cada espectador seguirá siéndolo para los otros al salir de aquí. Las ratas me sienten, pero ignoran. La tercera llamada retumba, la luz del local se apaga, el tambor y el saxofón llenan con su música el lugar, el telón se abre y la expectativa pelea con la realidad.
20 de mayo de 2026
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