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En esta sección reseñamos libros relacionados con la práctica periodística e historia del periodismo.
La vida en vilo de Jean-Paul Marat y su homicida, Charlotte Corday
Una historieta publicada por el diario Le Monde y el sello editorial Glénat
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La Revolución Francesa fue la madre del periodismo político. Los periódicos y los panfletos en Londres y otras ciudades de Europa, inclusive en París, no eran para nada ajenos a la crítica, pero nadie había hecho hasta entonces la prensa de combate que Jean-Paul Marat armó en 1789, solo unas semanas después de la toma de la Bastilla, con la redacción e impresión de L’Ami du Peuple ou le Publiciste Parisien, Journal Politique, un ejercicio cotidiano de narración y análisis de los encendidos debates en la Asamblea Constituyente francesa, el germen de la República.
Habrá, claro, quienes afirmen que Le Pére Duchesne de Jacques-René Hebert en 1790 fue el portento periodístico que apuntaló la caída de Luis XVI y el Estado monárquico absolutista aunado al Vaticano, lo que es probable, pero tan solo secuela del trecho abierto por Marat, no solo para la acción política y propagandística en Francia, sino también para las futuras repúblicas de América hispana, donde también hubo periódicos decimonónicos que adquirieron alguno de los conceptos vertidos en el título completo de L’Ami du Peuple, ya fuera “amigo” o “publicista” o “diario político”.
También hay pacientes y extensas investigaciones históricas acerca de cómo los panfletos, especialmente los más obscenos, envolvieron en su discurso antimonárquico a la gente del popolus, a los trabajadores de París, a los pobres e iletrados que encontraron en los dibujos pornográficos de Marie-Antoinette una manera de ridiculizar al establishment. Para ahondar en esto, simplemente hay que leer los trabajos del historiador angloamericano Robert Darnton o, mejor aún para el tema de la reina, a Lynn Hunt y su artículo “The many bodies of Marie-Antoinette: Political pornography and the problems of the femenine in the French Revolution”.
Marat, sin embargo, fue un combatiente de la palabra, escrita y oral, un asambleísta, un científico, un teórico de las libertades de reunión, debate y expresión, de la rendición de cuentas del gobierno y, por supuesto, del poder soberano del pueblo representado en el Poder Legislativo y del derecho a la insurrección contra el mal gobierno. Es decir, confiaba en los principios de la república y desconfiaba del Estado monárquico, aunque en el principio de la revolución, en ese torrente de debates e ideas en constante mutación, aún concebía a la institución realista y a la persona de Luis XVI como dos entes distintos, uno execrable y el otro digno de consideración.
Después de tres años del levantamiento popular del 14 de julio de 1789, Marat ya no pensaba igual y creía, en cambio, en la necesidad de imponer el orden republicano, en nombre del pueblo, de los Sans-Coulottes, lo que le generó enemigos por todas partes, ya no solo entre los ministros del rey, los nobles, los burgueses de las provincias, los girondinos, que reclamaban su mayor cuota de poder en el nuevo Estado francés, sino también entre los católicos, cuyas instituciones religiosas y doctrinarias fueron blancos principales de los ataques de él y de todos los jacobinos que lo secundaron por un tiempo, como los abogados Georges-Jacques Danton y Camile Desmoulins.
En ese tiempo, entre 1792 y 1793, es cuando aparece Charlotte Corday, aquella joven radical católica que, actuando por cuenta propia, concibe la idea de asesinar al que suponía el ideólogo y causante de la violencia revolucionaria y su máquina de ejecuciones en la Plaza de la Revolución, hoy la Place de la Concorde, en París. La atrevida acción de Corday causó estupor. En sus años revolucionarios, Marat tuvo una vida en vilo. Todo mundo sabía que el asambleísta andaba siempre armado para repeler, en caso necesario, las agresiones de sus contrarios. La ironía del caso es que Charlotte lo mató el 13 de julio de 1793 en su propia casa, enterrándole un puñal en el pecho. Con artimañas se las arregló para burlar la vigilancia de sus allegados, mujeres, muchas de ellas, y llegar hasta su alcoba, donde intentaba superar una extendida irritación de la piel, metido en una tina cubierta de paños y uno más en la cabeza, a manera de turbante.
La yacente figura de Marat, que parece tomada del Olympos griego o del Pantheon de Roma, representa la atroz muerte de un hombre de letras, que fue también un héroe popular. Está expuesta en un cuadro de Jacques-Louis David, el pintor de la Revolución Francesa, que es hoy parte de la colección permanente de arte francés en el monumental Museo del Louvre de París. Para darle forma y color a esa obra, el artista fue horas después del asesinato a ver el cadáver del publiciste, actuando como lo haría en la actualidad un reportero gráfico, un fotógrafo o un videasta. En la recomposición del momento, David lo dibujó sosteniendo aún la pluma de sus combates en una mano y, en la otra, un recado de su homicida:
13 de julio de 1793.
Marie Anne Charlotte Corday au citoyen:
Il sujjet que je sois
bien malhereusse de
avoir droit de
votre bienvallance
“Tengo la desgracia de aspirar a su benevolencia”, dice el presunto mensaje de Corday, anotado a manera de epitafio por el pintor, porque en realidad ella no tuvo tiempo para escribirlo. Aquel día, la criminal fue capturada de inmediato por los más allegados simpatizantes del diputado y en cuestión de días fue presentada ante un juez, que sin mayor trámite la mandó a la guillotina, donde fue decapitada el 17 de julio de 1793, cuatro días después de consumado el homicidio.
La historia de Marat, con toda su crueldad y su reflexión filosófica, fue retomada en un relato gráfico publicado en 2020 por la empresa periodística Le Monde y el sello editorial Glénat; forma parte de una colección de diversa temática, completamente encuadrada en el género y el formato de la historieta. Esta obra de divulgación cuida el rigor en la narración de los hechos y en la explicación del pensamiento de Marat y las razones de su asesina, dueña de un ascendente en la nobleza francesa, cuyo nombre completo fue Marie Anne Charlotte de Corday D’Armont, una antigua forma de identificación de los nobles franceses, que entró en desuso tras la revolución y la aplicación práctica de los ideales republicanos de igualdad, libertad y fraternidad. De ahí, la simplificación a Charlotte Corday.
Lo irónico de este acontecimiento, como hace notar el autor del relato gráfico, un historiador de nombre Hervé Leuwers, es que el homicidio no solo no acabó con la violencia revolucionaria, sino que ese mismo año se recrudeció con el establecimiento del Comité de Salut Public, ese insaciable aparato de aniquilación de los enemigos, verdadero instrumento de la banalidad del mal. Lo trascendente, en todo caso, es el legado de Marat, un diario de análisis parlamentario escrito durante cuatro años, del cual se conservan todos sus ejemplares, y cuyo espíritu prevalece en el mundo a través de cada artículo de periodismo político que se haya impreso desde entonces, privilegiando los valores de la res publica.
(Painani Ediciones)
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