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“¡Nos rodearon los tanques!”

Fragmento de Crónicas de la guerra en América Central

Jesús Guevara Morín

Como todas las mañanas, ese 9 de mayo de 1989, a las 6:00 de la mañana en punto sonó el radio-despertador para que inmediatamente comenzara a escucharse el principal noticiero matutino de Guatemala. En aquella ocasión solo sonaba el Himno Nacional, lo que me sorprendió y por el momento no entendí. Con anterioridad yo había cubierto en este país centroamericano varios eventos como enviado especial, entre ellos, los primeros acuerdos de paz para Centroamérica, llamados de Esquipulas, que es el nombre de una pequeña ciudad guatemalteca cerca de las fronteras con El Salvador y Honduras, donde se venera al Cristo Negro.

Apenas tenía tres meses de haber llegado para instalarme como corresponsal permanente de la agencia mexicana de noticias Notimex, junto con mi esposa Lupita y mis pequeños hijos Emmanuel, de ocho años, y Fabiola, de tres, luego de vivir un lustro en Nicaragua. Tras checar varias emisoras, confirmé que el Himno Nacional era difundido en cadena nacional. Medio dormido y mientras trataba de encontrar una explicación, vi que Lupita alistó a Emmanuel para que abordara puntual el autobús del colegio donde estudiaba el tercer grado de primaria. Transcurridos algunos minutos, recibí la llamada telefónica de Haroldo Shetemul, un estupendo periodista guatemalteco y buen amigo que había vivido en México. Entonces se desempeñaba como corresponsal del diario mexicano Excélsior y era además editor en un periódico local. De inmediato me alertó:

 

- ¿Ya escuchaste que en la radio difunden sólo el Himno Nacional?

 

- Si, ¿qué pasa?

 

- Cuando eso sucede en Guatemala es que hay golpe de Estado, explicó.

 

Su comentario hizo que saltara de la cama de inmediato y en minutos salí a recorrer la ciudad para constatar lo que estaba sucediendo. Mi casa-oficina estaba al final de la avenida de las Américas, cerca al aeropuerto internacional “La Aurora”, donde también había importantes instalaciones militares. La capital está segmentada en zonas y la terminal aérea está en la 13, algo retirado del centro de la ciudad. Cuando llegué a ese distrito era evidente el movimiento de tropas y algunos aviones militares surcaban el cielo. Fuera de ahí no había despliegue de uniformados, ni siquiera en los alrededores de la plaza central de la capital, lo que parecía revelar que el principal objetivo del movimiento golpista era la sede del ejército.

 

Tras recorrer otras áreas de la ciudad y verificar un intento de golpe de Estado, me trasladé de inmediato al télex público para enviar mi información, pero los militares tenían bajo su control todas las oficinas de telecomunicaciones y las habían cerrado. Mediante los teléfonos públicos en las calles no logré comunicarme a la Ciudad de México. Tuve que trasladarme a las oficinas de otra agencia de noticias ubicadas a un costado del Palacio Presidencial, en la zona 1, y pedirles el favor de que me permitieran comunicar con mi empresa y dictar la información.

 

El presidente de Guatemala era Vinicio Cerezo Arévalo, un abogado y político demócrata cristiano, que asumió el cargo en enero de 1986, tras años de dictaduras militares y un conflicto armado interno que causó miles de muertos, desaparecidos y refugiados, muchos de los cuales se protegieron en territorio mexicano. Cerezó había enfrentado el 11 de mayo de 1988 una primera intentona golpista y este nuevo movimiento en contra de su gobierno ocurría dos días antes del primer aniversario del anterior. Poco antes del mediodía, las autoridades informaron por la radio que los militares golpistas habían fracasado y todo regresaba a la normalidad. No se informó de disparos de armas de fuego ni lesionados, sólo algunos militares capturados.

 

Al concluir mi trabajo recordé que mi hijo Emmanuel se preparó en la mañana para abordar el autobús que lo llevaría al colegio; no tenía conocimiento de que había pasado con él y de inmediato regresé a mi casa. Ya había salido yo a recorrer la ciudad cuando tomó el transporte escolar y solo después Lupita pudo saber del intento de golpe de Estado. En el trayecto hacia el colegio, los pequeños estudiantes pasaron por instalaciones del Ministerio de Defensa donde se encontraba su titular, el general Héctor Alejandro Gramajo; era un punto estratégico para los bandos en pugna, pero también un sitio de alto riesgo para la población civil, en aquellas circunstancias. Lupita pidió prestado el automóvil a una vecina y se dirigió al colegio, pero en ese lugar no había nadie, los directivos decidieron llevar a todos los niños y maestros a una iglesia cercana, adonde finalmente llegó para recogerlo. Ella recuerda que durante todo ese recorrido las calles estaban casi vacías.

 

En cuanto llegué a mi casa y abrí la puerta, Emmanuel corrió para abrazarme y a gritos, emocionado, me dijo: “¡papá, papá... nos rodearon los tanques y los aviones volaban bajito!”. Por suerte no sucedió algo peor.

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